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¿Qué quieres saber?

Enviado por el 16/10/2008 a las 3:30

CAIDA

Mujer,

Te escribo porque ya no sé qué más decir.  El diálogo verbal –el nuestro- parece agotado.  Siento que en este espacio, el de las palabras escritas, donde te refugias, quizás pueda encontrar las claves para llegar a ti y poder entender qué nos ha pasado.

Me gustaría abrirte el mate y ver cómo procesan tus neuronas, saber qué sienten tus fibras, conocer a quienes aparecen en tus sueños, entender qué quieres.

Cuando te sumes en el silencio, cuando tus ojos me evitan, cuando tus respuestas son flojas o cuando me pides que te deje tranquila, es cuando más quiero saberte.

Al preguntar, te escabulles… me dan ganas de gritarte:  dime, no me ignores, habla conmigo, comparte conmigo.  Te ahogas, eso dices:  me ahogas, ahora no, después.  ¿Cuándo?  Me obsesiono porque quiero saberlo, entenderlo, sentirlo todo.  Poder anticiparme, complacerte.  ¿Estúpido, muy básico, predecible?

A veces cuando llego por la tarde te observo desde lejos con la mirada errante, a muchos kilómetros de mí.  Hago todo lo posible por no inquietarme, por ignorar tu merodeo en lugares desconocidos y en los enigmas de tu vida… pero, igual que mina despechada, no lo logro.  Y abro y cierro puertas, prendo el televisor, lo apago, sigo con la radio, paso al diario, busco alguna revista… pero termino donde mismo empecé, clavado en ti, aturdiéndome con todas las preguntas que te quiero hacer, pero que callo.  ¿Por qué?  Porque no sé si sabes que estoy junto a ti, pegado a ti, ansioso.

Cuando finalmente nos encontramos en la cama sólo quiero olerte, acariciar tu pelo, rastrear tu piel.  Y tú respondes, regalándome tu sonrisa, tu suavidad, tu aroma.  Y entonces, las distancias, los enigmas, las preguntas se diluyen en el aire, mientras siento cómo mi sangre se ilumina y a través de mis pulsiones tu cuerpo se encabrita y responde y te gozo y tú respondes y te embisto y tú respondes y te hablo enrarecido y tú respondes con tus gemidos.  Quedamos unidos por la pasión; me duermo y cuando vuelvo a abrir los ojos, estás como adherida a la ventana.  Vagabunda, de nuevo.  En ese momento, honestamente, me descompongo:  ¿qué pasó después de esa última mirada, cuando éramos pura energía conectada, qué pasó al momento en que volviste a abrir los ojos y me viste junto a ti y al instante siguiente estabas de nuevo en otro lado, descolgándote desde la ventana, en un viaje que haces siempre, pero al que nunca me invitas?

La rutina es así, llevamos mucho tiempo con este ciclo.  Estamos cansados.  Los ritos de nuestra vida nos desgastaron todo, el amor incluido.  Pero, ¿sabes?, al mirarte aún te veo.  El problema es que tú ya no me notas.  Sé que responderás que yo te vigilo, que te acecho.  Y yo por enésima vez intentaré explicar que sólo quiero protegerte.  Otro ritual, ¿cierto?

Cuando te veo venir o siento tus llaves en la cerradura o incluso en un lugar cualquiera percibo tu perfume, me dejo llevar por todo lo nuestro:  lo que es y lo que no, lo que somos juntos y por separado, cuando nos tensamos en el mismo acorde y cuando se nos destempla el corazón y la voz.

Durante el día trato de no pensar, trato de no rastrearte, de verdad lo intento, pero la verdad es que no lo consigo.  Aunque no te contacte ni ande buscando pistas, no puedo evitar tenerte adentro mío, como si fueras una joya hermosa pero afilada, diáfana pero con sus claroscuros, esos donde la materia se concentra, donde el pensamiento y el pulso se conjuran para no ser traspasados ni siquiera por la luz.

Cuando pienso en nosotros siento desequilibrio, ansiedad, torpeza, enigmas, pasión, ternura.  Sé que tú te sientes sola, básicamente sola.  Y ese es mi mayor desaliento:  estoy, estoy, estoy y tú estás sola.

Hombre,

Daría todo lo que sé por quitarte la urgencia de entender aquello que ni yo aún puedo explicarme.  Y el cansancio no me ayuda para seguir avanzando por la ruta de la comprensión integral de qué significa estar aquí, en este mundo, en este tiempo, contigo, con esta soledad.  Es duro, porque ¿qué importa lo que eso pueda significar, vale la pena preguntárselo, vale la pena saber las respuestas?

Me desdoblo y me miro desde la distancia y no sé nada de mí:  y no es un silogismo o mera retórica de mujer complicada.  Es ingrato sentir que hay mucho de equivocación en lo vivido, habiendo decidido más veces de las que quisiera reconocer, sobre bases erróneas, sobre creencias que no tienen nada que ver con mi esencia, alejada de mis verdades por miedo.  Alguien me dijo:  tu reflejo no eres tú, cuando hablas tu discurso parece venir desde otra mente, de otras circunstancias, incluso desde otra vestimenta y otra voz.  Mi imagen en mi espejo es una ausencia, un espacio, una duda.  Y, claro, el mundo no quiere imprecisiones, quiere certezas.  Como tú.  Y yo no las tengo; es más, siento que recién estoy en la etapa de borrador, aún estoy limpiando, organizando, botando errores, reconociendo fallas, interpretando dolores y marcas.

Me ahogan las preguntas porque no tengo respuestas.  Soy adulta, debiera tenerlas, pero no están.

Crear es un eje fundacional de mi ser humanidad.  ¿Y sabes?  Es a lo que más le tengo miedo, porque me arranca de aquí, de nosotros, del mundo y soy libre y soy hippie y soy desinhibida y soy hermosa y soy hembra y soy completa y soy de verdad y soy la que nadie conoce, porque vive sumergida en las palabras y sólo se me hace evidente cuando mi cerebro y mi mano, al unísono, le dan rienda suelta.

Para compartirnos es básico estar enteros y creo ambos aún estamos encajando piezas.

Seguramente vendrán más cartas como estas… así es que me despido por ahora con un continuará…

 

 

 

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