
Mujer,
Te escribo porque ya no sé qué más decir. El diálogo verbal –el nuestro- parece
agotado. Siento que en este espacio, el
de las palabras escritas, donde te refugias, quizás pueda encontrar las claves
para llegar a ti y poder entender qué nos ha pasado.
Me gustaría abrirte el mate y ver cómo procesan tus
neuronas, saber qué sienten tus fibras, conocer a quienes aparecen en tus
sueños, entender qué quieres.
Cuando te sumes en el silencio, cuando tus ojos me
evitan, cuando tus respuestas son flojas o cuando me pides que te deje
tranquila, es cuando más quiero saberte.
Al preguntar, te escabulles… me dan ganas de
gritarte: dime, no me ignores, habla
conmigo, comparte conmigo. Te ahogas,
eso dices: me ahogas, ahora no,
después. ¿Cuándo? Me obsesiono porque quiero saberlo,
entenderlo, sentirlo todo. Poder
anticiparme, complacerte. ¿Estúpido, muy
básico, predecible?
A veces cuando llego por la tarde te observo desde
lejos con la mirada errante, a muchos kilómetros de mí. Hago todo lo posible por no inquietarme, por
ignorar tu merodeo en lugares desconocidos y en los enigmas de tu vida… pero,
igual que mina despechada, no lo logro.
Y abro y cierro puertas, prendo el televisor, lo apago, sigo con la
radio, paso al diario, busco alguna revista… pero termino donde mismo empecé,
clavado en ti, aturdiéndome con todas las preguntas que te quiero hacer, pero
que callo. ¿Por qué? Porque no sé si sabes que estoy junto a ti,
pegado a ti, ansioso.
Cuando finalmente nos encontramos en la cama sólo
quiero olerte, acariciar tu pelo, rastrear tu piel. Y tú respondes, regalándome tu sonrisa, tu
suavidad, tu aroma. Y entonces, las
distancias, los enigmas, las preguntas se diluyen en el aire, mientras siento cómo
mi sangre se ilumina y a través de mis pulsiones tu cuerpo se encabrita y
responde y te gozo y tú respondes y te embisto y tú respondes y te hablo
enrarecido y tú respondes con tus gemidos.
Quedamos unidos por la pasión; me duermo y cuando vuelvo a abrir los
ojos, estás como adherida a la ventana.
Vagabunda, de nuevo. En ese
momento, honestamente, me descompongo:
¿qué pasó después de esa última mirada, cuando éramos pura energía
conectada, qué pasó al momento en que volviste a abrir los ojos y me viste
junto a ti y al instante siguiente estabas de nuevo en otro lado, descolgándote
desde la ventana, en un viaje que haces siempre, pero al que nunca me invitas?
La rutina es así, llevamos mucho tiempo con este
ciclo. Estamos cansados. Los ritos de nuestra vida nos desgastaron
todo, el amor incluido. Pero, ¿sabes?,
al mirarte aún te veo. El problema es
que tú ya no me notas. Sé que
responderás que yo te vigilo, que te acecho.
Y yo por enésima vez intentaré explicar que sólo quiero protegerte. Otro ritual, ¿cierto?
Cuando te veo venir o siento tus llaves en la
cerradura o incluso en un lugar cualquiera percibo tu perfume, me dejo llevar
por todo lo nuestro: lo que es y lo que
no, lo que somos juntos y por separado, cuando nos tensamos en el mismo acorde
y cuando se nos destempla el corazón y la voz.
Durante el día trato de no pensar, trato de no
rastrearte, de verdad lo intento, pero la verdad es que no lo consigo. Aunque no te contacte ni ande buscando
pistas, no puedo evitar tenerte adentro mío, como si fueras una joya hermosa
pero afilada, diáfana pero con sus claroscuros, esos donde la materia se
concentra, donde el pensamiento y el pulso se conjuran para no ser traspasados
ni siquiera por la luz.
Cuando pienso en nosotros siento desequilibrio,
ansiedad, torpeza, enigmas, pasión, ternura.
Sé que tú te sientes sola, básicamente sola. Y ese es mi mayor desaliento: estoy, estoy, estoy y tú estás sola.
Hombre,
Daría todo lo que sé por quitarte la urgencia de
entender aquello que ni yo aún puedo explicarme. Y el cansancio no me ayuda para seguir
avanzando por la ruta de la comprensión integral de qué significa estar aquí,
en este mundo, en este tiempo, contigo, con esta soledad. Es duro, porque ¿qué importa lo que eso pueda
significar, vale la pena preguntárselo, vale la pena saber las respuestas?
Me desdoblo y me miro desde la distancia y no sé
nada de mí: y no es un silogismo o mera
retórica de mujer complicada. Es ingrato
sentir que hay mucho de equivocación en lo vivido, habiendo decidido más veces
de las que quisiera reconocer, sobre bases erróneas, sobre creencias que no
tienen nada que ver con mi esencia, alejada de mis verdades por miedo. Alguien me dijo: tu reflejo no eres tú, cuando hablas tu
discurso parece venir desde otra mente, de otras circunstancias, incluso desde
otra vestimenta y otra voz. Mi imagen en
mi espejo es una ausencia, un espacio, una duda. Y, claro, el mundo no quiere imprecisiones,
quiere certezas. Como tú. Y yo no las tengo; es más, siento que recién
estoy en la etapa de borrador, aún estoy limpiando, organizando, botando
errores, reconociendo fallas, interpretando dolores y marcas.
Me ahogan las preguntas porque no tengo
respuestas. Soy adulta, debiera
tenerlas, pero no están.
Crear es un eje fundacional de mi ser
humanidad. ¿Y sabes? Es a lo que más le tengo miedo, porque me
arranca de aquí, de nosotros, del mundo y soy libre y soy hippie y soy
desinhibida y soy hermosa y soy hembra y soy completa y soy de verdad y soy la
que nadie conoce, porque vive sumergida en las palabras y sólo se me hace evidente
cuando mi cerebro y mi mano, al unísono, le dan rienda suelta.
Para compartirnos es básico estar enteros y creo ambos aún estamos encajando piezas.
Seguramente vendrán más cartas como estas… así es que me despido por
ahora con un continuará…


























Comentarios recientes
hace 1 día
hace 4 días
hace 4 días
hace una semana
hace una semana
hace una semana
hace una semana
hace una semana
hace una semana
hace 2 semanas