Los terapeutas tenemos el privilegio de poder observar muy de cerca la evolución de ciertas expresiones sociales. En los últimos años hemos sido testigos del surgimiento de nuevas tendencias muy significativas, tanto dentro de la relación de pareja en general como en el ámbito de la sexualidad en particular. Actualmente son diferentes los tipos de conflicto y la forma en que se presentan, así como tampoco los motivos de consulta y los objetivos terapéuticos son los mismos. Consecuentemente, la terapia de pareja y la terapia sexual han debido adaptarse a estos cambios. Los desafíos que debemos enfrentar hoy como profesionales son distintos y me atrevería a decir que mayores que antaño.
Décadas atrás solían consultar matrimonios que llevaban casados varios años, cuyas quejas giraban en torno a la comunicación y a incumplimientos del contrato matrimonial, principalmente en el área de la fidelidad; en tanto que las discusiones solían centrarse en temáticas tales como el manejo del dinero, la educación de los hijos, la familia política. Por el contrario, en el presente, las parejas que más frecuentemente requieren nuestros servicios profesionales, bordean los treinta años de edad y la causa más habitual no es por problemas de comunicación sino que por insatisfacción sexual. Sin embargo, las conflictivas de las personas de esta generación abarcan otras aristas muy complejas, que explicarían las razones de la alta incidencia de separaciones en este grupo etario.
Efectivamente, en los últimos años se ha ido produciendo un paulatino incremento de las disfunciones sexuales, lo cual no solamente se explicaría por la mayor disposición a consultar por estos desórdenes, sino que parecieran estar aumentando significativamente determinados trastornos que en el pasado ocurrían más esporádicamente y en otra población clínica. Entre ellos destacan los desordenes de
Si bien desde hace ya un cierto tiempo que se conoce este nuevo fenómeno, como en nuestros países todavía reina la consabida carencia de investigaciones, la literatura especializada es escasa. La relativa confusión de los especialistas se refleja, por ejemplo, en que le han asignado distintos nombres, tales como anafrodisia, inapetencia, penuria, apatía o anorexia sexual, deseo sexual hipoactivo o inhibido, llegando – en su grado máximo - a la denominada aversión sexual.
Es así como, a sabiendas que los pacientes que acuden a nosotros no son en absoluto una muestra representativa, generalmente nos vemos obligados a sacar conclusiones confiando en nuestras propias impresiones. Aunque otra forma de aproximarnos a estas problemáticas sería aprovechando las innovaciones comunicacionales que tenemos a nuestro alcance, por lo que he recurrido a postear acerca de este tema en determinados sitios de Internet con el objetivo de recavar información directamente de los mismos jóvenes. Se han producido interesantes debates al respecto en algunos blogs.
Como los trastornos del deseo sexual son frecuentemente muy difíciles de tratar, especialmente si se presentan en los hombres, con miras a lograr un tratamiento más eficiente - mientras no existan investigaciones ad hoc - nuestro reto como terapeutas consistiría en identificar cuáles son aquellas circunstancias que explicarían esta disminución de la libido en varones jóvenes. Es necesario tener en cuenta que la respuesta sexual humana es un proceso fisiológico particularmente influenciable, por lo que está propensa a alterarse con relativa facilidad. Tal como ahora se recalca la plasticidad cerebral, habría que resaltar también la plasticidad sexual. Dado que las disfunciones sexuales suelen ser complejas y estar sujetas a una sobredeterminación causal, como diría Freud, se requiere indefectiblemente considerar tanto las modificaciones en los contextos interpersonales como el nuevo entorno socio-cultural, económico y valórico en Occidente, globalización y posmodernismo mediante.
En términos operacionales se podría definir el DSI como una inhibición persistente de la libido, que bloquea la apetencia sexual, ocasionando que la frecuencia de relaciones disminuya considerablemente. Los criterios diagnósticos serian: ausencia o declinación del deseo de actividad sexual y de las fantasías sexuales (Criterio A); inhibición que provoca marcado malestar y dificulta las relaciones interpersonales (Criterio B); y, no se debe a la presencia de otro trastorno del Eje I –exceptuando otra disfunción sexual –, o a los efectos fisiológicos de alguna sustancia o a una enfermedad médica (Criterio C).
En el caso de los varones de 30 años, no se trata de una disfunción primaria sino que secundaria, dado que anteriormente no presentaban problemas de deseo sexual. Por otro lado, tiende a ser más bien situacional que general; vale decir, la inhibición sexual se manifiesta casi exclusivamente ante la pareja estable, reflejándose en disfunción eréctil o en dificultad para iniciar o responder a la estimulación sexual ante una pareja adecuada. Pese a ello, cabe aclarar que el hombre puede funcionar sexualmente y tener fantasías sexuales, buscar pornografía, masturbarse y desear a otras mujeres.
Las parejas que consultan pueden llevar no solo meses sin tener vida sexual, sino que años, ya sea que convivan o viva cada uno en su respectiva casa. Señalan que, en las escasas oportunidades en que tienen relaciones sexuales, estas son de baja calidad y no logran sentirse conectados; por ende, se quejan de un distanciamiento emocional. Con todo, ambos afirman quererse, compartir múltiples intereses y llevarse bien entre ellos en otras áreas. Algunas de estas parejas exhiben una suerte de indiferencia ante la ausencia de sexo, explicando que el deseo sexual ha disminuido tanto que ya ni lo experimentan, encontrándose más bien absorbidos por otras preocupaciones.
Muchas mujeres relatan que - inicialmente - experimentaron rabia y pena; después, una profunda sensación de abandono y de inseguridad, la cual se reflejaría en creer que ya no le gustaban a su pareja, que estaban feas, gordas o haciendo algo mal; o bien pensaban que él tenia otra mujer o que quizas era homosexual. Si intentaban tomar la iniciativa, fuera de sentir que lo estaban obligando, informan que rara vez tuvieron éxito. Es así como dejan de insistir y, con el paso del tiempo, se van resignando y el problema deja de ser gravitante.
Al ser interrogados, los hombres primero niegan que tengan alguna dificultad sexual y recurren a la excusa de estar simplemente cansados, lo cual no se compadece con que privilegien ir al gimnasio o hacer deportes en vez de descansar. Posteriormente, cuando admiten el problema, lo atribuyen más bien a las preocupaciones, al estrés y al agotamiento. En algunos casos, el DSI podría haber estado encubriendo otro trastorno sexual, tal como disfunción eréctil o eyaculación precoz, a pesar de que habría que dilucidar clínicamente si dichos trastornos son causa o efecto.
Durante el proceso terapéutico, la gran mayoría de los pacientes terminan reconociendo que, ante la mera posibilidad de tener sexo, se les acelera el corazón, transpiran y el miedo que los invade bloquea su performance. Y, aunque están conscientes que la ansiedad es incompatible fisiológicamente con el funcionamiento sexual, no logran determinar a qué le temen en el fondo. Posteriormente, ellos también reconocen la presencia de otras emociones negativas, como rabia y pena.
Dado que el deseo sexual es un impulso autónomo producto de la activación de circuitos cerebrales localizados en el sistema límbico, las emociones – en general - estarían jugando un rol muy relevante. Mención aparte merece el estrés, el que ha sido calificado como un enemigo primordial del funcionamiento sexual. Si bien debido a la edad de los afectados se descartarían problemas de testosterona, el estrés puede alterar su función. En efecto, se sabe que, bajo estrés, el organismo secreta una mayor cantidad de las hormonas cortisol y norhepinefrina, las cuales disminuyen o bloquean el efecto positivo de la testosterona en el cerebro e impiden la activación del deseo sexual.
Entonces, surge la interrogante acerca de si, actualmente, existirían mayores factores - que antes - generadores de miedo, rabia, pena, estrés y cansancio que estén alterando más a los hombres de 30 años. ¿Cuáles serían aquellas coyunturas acaecidas en los últimos años que nos esclarezcan las razones de por qué - justamente ahora – se ha suscitado este fenómeno en los varones jóvenes?. En una primera aproximación, un análisis especulativo apuntaría a la confluencia de factores de índole muy disímil, entre los que el contexto social sería fundamental. A esta generación le ha tocado vivir un período de transición socio-económico y cultural, durante el cual se ha generado una mezcla explosiva de múltiples exigencias junto a un alto grado de expectativas; sin embargo, cabe destacar que esta situación no solamente afecta a los hombres, sino que asimismo a la mujer y, particularmente, a la interacción de pareja.
Concerniente al estrés, en torno a los 30 años es habitual que la pareja se encuentre en una etapa en que está especialmente sometida a muchas presiones, tales como la consolidación laboral, adquisición de bienes básicos, dificultades financieras, adaptación a la convivencia, negociaciones varias, distribución de roles e hijos pequeños. No obstante, por otra parte, actualmente esta situación se ve agravada por la incertidumbre propia del nuevo orden socio-económico así como por los valores y mandatos imperantes hoy en nuestra sociedad. En el área de la sexualidad, dichos mandatos apuntan a un rendimiento máximo y a destrezas técnicas, donde el coito puede ser vivido como otra obligación más, en la medida que hay que ser ganador, hay que ser el mejor, también en el sexo.
Nuestra cultura se caracteriza por tendencias narcisistamente hedonistas y epicúreas, donde reina el presentismo, la urgencia y la inmediatez; asimismo, se sobrevaloran los títulos, pertenencias, oropeles, imágenes y apariencias, junto a una apología del consumo, del trabajo y de la competitividad. Es así como el mensaje que ha recibido esta generación es que la vida consistiría en esta carrera light en pos del éxito, el dinero y la felicidad. Dentro de este contexto, el aparato psicológico se aleja de la complejidad interna para volcarse hacia el exterior, originándose problemas de identidad y de sentido. Las ansias por mantener el status así como por triunfar profesional y económicamente – lo que aun le importaría más a los varones - pueden llevar a que se erotice más el ascenso social que la actividad sexual. Nuevamente, los hombres son los que todavía parecieran estar más expuestos a bajar su auto-estima ante los fracasos.
Nuestros jóvenes ¡lo quieren todo y lo quieren ya!. En esta cultura de derechos, han olvidado que la felicidad es un invento reciente y están convencidos que la sociedad les debe el ser feliz. Por consiguiente, se fueron suscitando demasiadas expectativas ante la relación de pareja. Suponen que el otro debe hacerlos felices y tienen que pasarlo bien juntos constantemente. Ante cualquier inconveniente, se preguntan si están siendo tan felices como debieran y si no habrá alguien por ahí que lo pueda hacer más feliz. No están dispuestos a posponer su satisfacción, ni a esforzarse ni sacrificarse por mejorar los problemas. Dada su escasa tolerancia a la frustración, arrancan ante la mera posibilidad de sufrir, prefiriendo partir de cero con otra persona. Dentro de este panorama, se entiende que inviertan muy poco tiempo en su relación de pareja, que dejen escaso espacio para la intimidad emocional y para conversar de otros temas que no sean los niños, los logros, las adquisiciones y, por supuesto, el trabajo.
Desde otra perspectiva, en nuestra cultura sobre-erotizada, los medios de comunicación han ayudado a fomentar altas expectativas y exigencias, tal como la obligación implícita de vivir la sexualidad en forma entretenida, moderna, casual, excitante, sin caer en la rutina ni en la fomedad, experimentándola de múltiples maneras y donde es indispensable el culto al cuerpo. Los jóvenes ahora se inclinan por practicar un sexo más bien mecanicista y pobre de sentimientos, donde la afectividad asume un modo relativamente estereotipado y trivial, engendrándose miedo al compromiso, a la entrega e incluso a enamorarse. Así, temen la intimidad emocional, por lo que tienden a disociar el amor del sexo; y, no hay nada más íntimo que el sexo con amor. Algunos varones hoy en día no logran reunir en una sola mujer su objeto de amor y de deseo. Llegan a la consulta muy desconcertados, sin comprender por qué no experimentan deseo sexual justamente por la mujer que aman y con la que quieren seguir dentro de una relación de pareja estable.
Por otro lado, esta generación padece la sobrecarga adicional producto de la transición entre un modelo tradicional y otro más vanguardista. Los impresionantes cambios culturales acaecidos en las últimas décadas referente a las concepciones sobre la sexualidad y los roles, la tienen inmersa en un complejo contexto de confusión e inseguridad, donde - para el tema que nos interesa – cabe destacar la incorporación masiva de la mujer al trabajo y la necesidad de su sueldo en la economía familiar, con su consecuente modificación de la balanza de poder y de los roles de género, donde se puede observar que los hombres se han ido volcando hacia los afectos y las mujeres se han erotizado. La multiplicidad de opciones y las varas puestas demasiado alto, tienen a los jóvenes sumidos en el desconcierto. No saben cómo debería ser una relación de pareja normal, ni cómo debe comportarse una mujer o un hombre normal. No saben qué esperar ni cómo resolver la contradicción entre unas y otras expectativas. Aun no se han liberado totalmente de las antiguas y tampoco están convencidos de la idoneidad de las nuevas.
En cuanto a la balanza de poder, las parejas tradicionales de tipo complementarias en las que la mujer era sumisa, fueron mutando en relaciones simétricas caracterizadas por escaladas de lucha por el poder; y, últimamente, pareciera que retornamos al estilo complementario, aunque esta vez, sería el varón quien está en una situación desmejorada. Dentro del contexto de un hombre que ha aprendido a desestimar el machismo, que evita el uso abierto del poder, que no sabe cómo tratar a su pareja, que además se siente inseguro y poco valorado, puede que este reaccione - inconscientemente – apelando a tácticas resistente pasivo-agresivas. Este mecanismo permitiría, por una parte, ejercer el poder de una manera indirecta, lo cual generalmente es practicado por quien ha asumido el rol del poder del débil dentro de una interacción. Y, por otra parte, posibilita la expresión encubierta de la rabia, manifestada en que su mujer no se sienta deseada por él.
Tocante al comportamiento sexual, las mujeres modernas quieren vivir su sexualidad en un ambiente de mayor libertad, buscan el placer, la novedad, experimentar más y son mucho más exigentes que antes en este ámbito. Esta mayor liberalidad sexual femenina ha incidido en que, en el mundo interior del hombre, acechen los miedos. A partir de criterios erróneamente asentados en la mente del varón, a la eterna pesadilla de “fallar” se habría sumado el temor a no poder satisfacer a esta mujer moderna, experimentada y con altas expectativas sexuales. Dentro de este escenario, el hombre se siente evaluado por su pareja, comparado y juzgado; está preocupado de no estar a la altura, de ser considerado inadecuado, inexperto o incapaz.
Estos miedos estarían reflejando la inseguridad latente del hombre ante el rechazo y el fracaso. Al menos en la sociedad occidental, si bien se han ido derribando viejos mitos acerca de la sexualidad masculina, como por ejemplo que ellos siempre quieren más sexo o que siempre están listos para el coito, todavía la suficiencia sexual es considerada por la mayoría de ellos, como un patrón con el que medir su idoneidad como persona total, pero especialmente, su virilidad. El hombre que “no da la talla” en el plano sexual suele sentirse avergonzado, aturdido, minusvalorado o deprimido. Así se entiende que diga no tengo ganas porque estoy cansado, en vez de decir tengo miedo o tengo rabia.
Las palabras de un psicólogo justamente perteneciente a esta generación, parecen especialmente atingentes a modo de conclusión: El varón tiene hoy que enfrentarse con una mujer “un poco más igual” a ellos. Los hombres han quedado perplejos, perdidos cuando el clásico “rol masculino” se les diluye. “¿Qué nos ha pasado? ¿Perdimos definitivamente el falo freudiano?. ¿Hemos los hombres cambiado consistentemente con los cambios de la mujer?. El hombre, acostumbrado a una cultura patriarcal se desconcierta. Ahora se nos exige muchas cosas…desde las más mundanas hasta las más complejas, esas extrañas cosas…emocionales. Ellas han osado prescindir de nuestros servicios como proveedor, pueden ganar más plata que nosotros, y más aún…pueden mantenernos. Los límites están poco claros, y el espacio relacional es confuso.…. el hombre preocupado de lo externo, la mujer de lo interno… ellas se han atrevido a mirarse, mientras que los hombre no nos damos ese tiempo, ese lujo. No sabemos como reaccionar frente a estas féminas…. La sociedad está mutando, y a los hombres siento nos toca la peor parte, porque no somos actores, solo espectadores de todo esto, miramos, apoyamos la lucha de algunas, pero no luchamos de verdad y con todo, es su lucha, es su revolución, nosotros seguimos con nuestra vida, y muy pocos miramos adentro, y vemos qué queremos realmente en la vida, cuál es nuestro papel, qué quiero y qué no quiero ….. Se habla mucho de la emancipación de la mujer, y poco de la reinvención del hombre.”(Antonio Godoy Delard: Mi mujer gana más que yo)




























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